LARVAE

Durante varias semanas Manuela anduvo extraña. Salía temprano y llegaba más  tarde de lo normal. Los primeros días la esperé como siempre a las seis en punto a que volviera del trabajo, sentado en la cocina al lado del mate para acompañarla, pero comenzó a llegar pasada la medianoche, directamente a meterse a la cama, a veces sin siquiera saludar.  Esos primeros días supuse que estaba agotada, que  tenía que quedarse hasta tarde trabajando y no la molesté, hasta que comencé a notar cosas que ya había visto antes y me resultaban sospechosas: labial nuevo, corte de cabello, uñas arregladas, ropa nueva y perfume. Me lo tomé con la calma que pude, observándola tranquilo en el silencio oscuro de la casa ir y venir  llena de colores nuevos, pero ya cuando un jueves llegó de madrugada me hizo enojar de verdad. Rompí el espejo del baño donde se arreglaba, rasgué su ropa nueva, hice trizas el florero y boté los elefantitos de la mesa de centro, que yo sabía que Manuela odiaba pero  su madre le había regalado todos los años antes de fallecer.

Cuando llegó miró a su alrededor con silencioso asombro y luego explotó en furia, me gritó cosas terribles que yo sé que en el fondo no las siente de verdad. Me dijo que esta vez yo no iba a impedirle ser feliz, que estaba cansada de cargar conmigo y que llamaría a Lucía para que me fuera de una vez por todas. Ahí supe que era en serio, que de verdad si no hacía algo podría perderla para siempre.

Tuve miedo, decidí muy a mi pesar, mantener distancia y no molestarla durante varios días. Manuela tampoco me hablaba, seguía enojada, me ignoraba como si no existiera; salía temprano y volvía tarde.  Aguardé silencioso en cada rincón de la casa, esperando paciente y convencido de que esto sería pasajero y volvería a ser la misma de siempre apenas se diera cuenta de que los dos solos bastábamos para ser felices.

Pero los días pasaban y ella seguía comportándose como si yo fuera un estorbo, una molestia. Parecía que ya no disfrutaba pasar su tiempo conmigo  cuando antes le bastaba con quedarnos en casa; ella ponía algún disco y bailaba haciendo flotar sus vestidos o me leía  algún libro nuevo que hubiera descubierto, veía películas a mi lado y se reía o lloraba con ellas, siempre tan felices solos los dos que me cuenta entender por qué ahora esa necesidad de ser como los demás. La conocí en todas sus etapas y nunca había tenido interés en una vida “normal” como ahora en su confusión me había dicho que quería.

Un día Manuela llegó temprano, a la hora de siempre. Era mi oportunidad de tenerla de nuevo necesitando mi compañía y volviendo a nuestra rutina. Manuela no tenía a nadie más que mi, nunca tuvo hermanos, y sus padres habían muerto hacía ya un par de años dejándonos solos y en paz en la casa en la que vivíamos. Ellos también intentaron separarnos varias veces a través de la estúpida de Lucía, pero descubrimos la forma de seguirnos viendo a escondidas por un tiempo hasta que nos descubrieron y trataron de llevársela. Yo no lo podía permitir, los que se tenían que ir eran ellos, ella lo entendió.

Manuela está de vuelta y no puedo permitir que se aleje otra vez, su lejanía me debilita. Ella entenderá que por su bien lo mejor es que volvamos a la normalidad. La abrazo en las noches, respiro su aire para que en la mañana me necesite. Amanece solitaria e indefensa,  con esa fiebre que la hace ver tan hermosa, pálida y frágil, pidiendo ayuda, mi ayuda. Me vuelve a necesitar otra vez mi preciosa Manuela. El médico llegó un par de horas después, y no le encuentra nada, como tampoco le encontró a su madre.  Le deja un par de medicamentos inútiles y le ordena exámenes. La pincha y me contengo de matarlo, porque no hay razón para estar enojado.  Tendría a Manuela en casa una semana para mí solo, me acurruco a su lado y le tocó el pelo, Manuela llora, de felicidad y alivio de habernos reconciliado. Le susurro que todo estará bien, que mientras estemos juntos todo estará bien.

Suena el timbre de la puerta.  Manuela me mira con pánico y corre a ponerse la bata, sin abrir pregunta quién es, la voz de un hombre que supuse de inmediato era el culpable de las llegadas tarde y de su alejamiento, le  rogaba que le abriera para poder verla.

−No puedo ahora, nos vemos mañana−dijo Manuela mirándome.

−Me dijeron en la oficina que estabas enferma y vine a ver si necesitabas algo−dijo el intruso.

−No, estoy bien, ándate por favor−le dijo Manuela nerviosa.

−No me iré hasta que me asegure de que estás bien. Ábreme por favor.−Manuela me suplica con los ojos  y me susurra que me esconda, la miro con rabia y me pierdo en el pasillo. Desde ahí logro  escuchar al intruso entrando a la casa y me acerco para verlo mejor; el tipo alto, de barba y pelo oscuro, la abraza y le besa la mejilla como si fuera más que un aparecido. Trae unas flores que deja en un vaso y la acompaña hasta su cama.  La tapa, le besa la frente y le dice que le hará sopa mientras ella descansaba. Manuela me mira en la entrada de la pieza y me pide guardar silencio, que me esconda y no haga nada. Conozco esa mirada, la vi el día en que nos descubrieron sus padres, pero ella debía entender como esa vez, que esconderse no haría que nos dejen en paz.

El tipo camina hasta la cocina y comienza el ritual de la sopa como si esta fuera su casa. Yo no lo soportaría mucho tiempo más pero lo dejo jugar al enfermero un poco. Silba una canción, una de las favoritas de Manuela, lo sé, ella siempre la pone cuando está de buen humor. En años nadie más había pisado esa casa, y pretendo que eso siga así. Manuela nunca llevaba a nadie y este intruso, osó romper esa paz. Vuelvo al dormitorio y me acomodo al lado de ella, en mi lugar, donde duermo siempre desde que ella medía apenas un metro. Cuando la conocí yo era más alto, ella era apenas una niña; tímida, pequeñísima y flaca con grandes ojos cafés que le cubrían casi la cara completa. Ella me vio, se quedó en la entrada de la casa mientras sus padres intentaban sacar a mi madre del auto en llamas, pero ella no me quiso dejar. Mamá se aferraba a mi cuando explotó. Manuela me extendió la mano desde lejos y yo caminé hacía ella. Me miró sin miedo y me tomó la mano, me dijo que me cuidaría, que seríamos amigos para siempre. No le importó mi piel abierta, mi cabeza carbonizada. Me pegué a ella, fiel a la promesa de cuidarnos y estar juntos para siempre. Ella lo sabía, a veces se confundía y quería abandonarme pero yo sé bien como devolverle la cordura. Manuela es mía, sabe que lo será para siempre.

−¡La sopa está lista!−grita el intruso y yo me incorporo para sentarme en la orilla de la cama. Manuela llora, probablemente de la felicidad de terminar pronto con esta farsa de soportar al intruso que llega hasta la puerta con la bandeja y me mira con esos ojos aterrados de niño asustado, ese miedo en los ojos que conozco tan bien, que vi en todos los que trataron de alejarla de mí antes sacarlos de nuestra vida.

La sopa cae al suelo. Manuela se lleva las manos a la cara llorando y temblando.

−Fuera−le grita ella−vete antes de que sea tarde− le suplica.

El intruso pálido, se da media vuelta y corre fuera de la casa. Como todos, huye, la deja. Todos huyen menos yo.

−Ya Manuela−le digo acariciándole el pelo, si prometes no volver a hacerme enojar dejaré que mañana te sientas mejor−. 

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ANTUCO

Cuatro conocidos golpes en la puerta le anunciaron su llegada.―¡Mi pollito! Gritó emocionada y se levantó de un salto para ir a abrir la puerta. Sonriente, José Luis dejó caer la pesada mochila al suelo para  abrazar a su madre, la apretó y la levantó en el aire.

―¡No me dijiste que salías hoy pesado! Cabro leso― le dijo besuqueándole la cara― Te hubiera esperado con sopaipillas!, ¿qué pasó con la instrucción?…No importa, ¡Ay qué estás helado por dios! ponte al lado de la estufa altiro mientras te caliento una chocolatada…menos mal que compré y ¡sácate ese uniforme y esos zapatos mojados! Date una duchita caliente que te vas a resfriar―le gritó mientras apuraba nerviosa, el paso a la cocina. .

El muchacho sonriente  hizo caso y pasó directo a la ducha. Volvió con un pijama afranelado y colgó el uniforme en la silla cerca de la estufa. Se sentó frente a ella, un  pequeño tarro emitía olor a eucaliptus  que flotaba perfumando la casa entera.  Inhaló profundo cerrando los ojos y acercó las manos y los pies para calentarse.

―¡Toma pollito!―le dijo acercándole amorosa la chocolatada humeante.

―Que rico verte mami, tenía tantas ganas de llegar―la miró soplando la taza y tomando pequeños sorbos que saboreaba con gusto.

José Luis había entrado al regimiento Los Ángeles hace tan solo un mes y esta era la primera vez que salía, su madre lo esperaba la semana entrante pero no preguntó nada. Supuso que era el clima, en la Cooperativa, había hablado del mal tiempo en la Cordillera, que habían cerrado los pasos,  así que probablemente la instrucción se había suspendido.  Había estado ttoda la mañana preocupada y rezando para que no los sacaran a la nieve.

―Imagino que estás agotado pollito, quiero preguntarte tantas cosas, pero mejor tomate eso y anda a acostarte para que se te caliente el cuerpo, llévate la estufa no más, mañana mejor me cuentas todo, voy a hacer pancito amasado para el desayuno―le dijo acercándose a acariciarle el corto y pinchoso pelo.

―Si, estoy cansado, tengo sueño,  me voy a ir a tirar un ratito. Tengo frío―le dijo dejando la taza vacía sobre la mesa. Se levantó y acercó agachado  para abrazar el regazo de su madre. Le tomó la blanca y arrugada mano y le dio un beso apretado en la palma―Te quiero mucho viejita― la miró con una sonrisa casi infantil que a ella le recordó cuando era pequeño.

―Bueno―dijo―acuéstate pronto y no te quedes haciendo cosas, mañana me levanto temprano y te ayudo―  Se levantó tomando la estufa y caminando hacía su dormitorio.

Ella lo miró contenta y tomó el tejido sobre la mesita para apurar el chaleco que le estaba tejiendo. No se dio cuenta cuando se quedó dormida, solo despertó con unos golpes suaves en la puerta. Abrió extrañada, en el umbral,  dos oficiales con la cara desencajada le daban la mala noticia:  Que había habido una tragedia, que los conscriptos no habían regresado pero los estaban buscando, aunque con el clima, había que estar preparados, su hijo, José Luis había sido uno de los pocos que encontraron.

―Usted está loco, ¡usted está equivocado!―le dijo―cómo se le ocurre venir con eso sin confirmar, ¡así como así! José Luis está aquí, mi pollito llegó anoche. Voy a llamar al Regimiento, ¡cómo se les ocurre! ¡salgan de mi casa!― les gritó molesta y cerrando la puerta de un portazo.

Se sentó en el sillón enojada hasta que sintió alejarse las botas por las baldosas. Miró la mesita, frente a ella,  la nata sobre la solitaria chocolatada fría  formaba una capa brillante. A su lado la estufa aún prendida iluminaba el  oscuro y tibio living, la silla dónde había dejado colgando el uniforme, lucía solitaria y vacía.

― ¿Quién era mami?―preguntó una suave  voz desde el fondo de la casa.

―Nada mi niño―dijo llevándose las manos al pecho para apretar su corazón dolido y roto.―Descanse mi amor, descanse tranquilo, ya está en su casa.

Testimonio de una Chinita

Una chinita se posó sobre una mano, la mano se acercó a un brillante manto, ese manto era el cabello de una mujer. La mujer pasó por una ventana donde se miró de reojo y vio una chinita. Por detrás del reflejo de la chinita pasó una mujer y un hombre. La mujer dejó a la chinita y corrió hasta su casa. La casa era blanca y tenía un perro, el perro olfateó el pelo de la mujer que lo abrazaba triste. La chinita se subió al perro, que se quedó al lado de la mujer toda la tarde. La tarde terminó y sonó el timbre, el timbre lo hizo sonar un hombre que traía flores para la mujer, la mujer abrió la puerta y tomó las flores, las flores cayeron al suelo, el suelo lo olfateó un perro, el perro tenía una chinita, la chinita se subió a una flor, la flor estaba dentro de un ramo, el ramo fue tomado por una mano, la mano era de un hombre, el hombre tenía un ojo, el ojo lloró una lágrima, la lágrima cayó sobre una chinita.

Sueño Pesado

Panza al sol y con los pelos al viento, duerme plácido ajeno a las bocinas y gritos. Algunos ríen, otros reclaman y gritan. Ahí, en el medio de Huérfanos con Bandera, un perro panzón duerme la siesta interrumpiendo insolente el ajetreo cotidiano de los que van con prisa. A su alrededor, los peatones aprovechan de cruzar en rojo levantando las piernas para no despertarlo.

El Lustrabotas de la esquina, que muy bien lo conoce, lo llama divertido y se ríe a carcajadas hasta que decide ir a sacarlo. Camina hasta el centro y lo mueve, pero nada. No le queda otra, lo toma de las patas y lo arrastra a la orilla.
Las bocinas se calman, los enojados se contagian de risa y el perro sigue durmiendo.

Lecturas Compartidas

Un asiento vacío detrás de la puerta de en medio me espera reluciente y confortable para enfrentar la hora de viaje que me queda hasta llegar a casa. Me siento y me acomodo. Frente a mí, una mujer de mediana edad y cara amable, abre un libro gordo a más de la mitad. Concentrada se acomoda los audífonos y mueve la cabeza suavemente al ritmo su música personal, mientras lee un libro al que no logro ver el título.

La misma ruta larga mientras la micro avanza por un paisaje gris, así que vuelvo a mirar al frente, donde la mujer que lee mientras la cabeza le baila, de pronto para en seco; deja de mover la cabeza al ritmo de la música y abre bien los ojos para leer más de cerca.

Su mirada se acelera sobre el papel; de izquierda a derecha, de izquierda a derecha voraz  hasta que se detiene, y da vuelta la página acelerada para leer lo que viene como si las letras fueran a arrancarse.

Trato de adivinar: es una novela de misterio y está leyendo justo la parte en que se desmadeja la trama… ¡o no!, quizás es algo académico y acaba por fin de entender la síntesis de proteínas y su cabeza explotó…¡no! no, no…es policial y acaba de leer la parte del crimen.

La mujer sigue avanzando en la lectura ya sin emoción. De izquierda a derecha lee un rato a velocidad moderada. De repente, arruga la frente y entrecierra los ojos―algo no cuadra pienso yo―. Da vuelta la hoja hacia atrás volviendo a la página anterior―vuelve a leer―. Toma aire por la nariz aún con la frente arrugada y se asoma en su boca un rictus de desaprobación. Vuelve a la página siguiente, suspira  y continua, esta vez, su cara  es de franca resignación.

Avanza el bus y ya me queda la mitad del viaje. La mujer de enfrente sigue leyendo absorta en esas letras y yo me muero de la curiosidad; sube las cejas, frunce el ceño y a ratos se enoja, saca la mirada de papel y mira por la ventana en un claro desprecio. Me parece que ahora se concentra en la canción porque vuelve a mover la cabeza al ritmo de algo que imagino suave.

Se reconcilia y perdona. Vuelve a la lectura y avanza con ojos calmos. Algo gracioso debe haber pasado porque de la nada sonríe y se lleva la mano a la boca para tapar la risa que amenaza con salir explosiva―un buen libro, aunque sea un thriller, siempre tiene algo de humor pienso yo―.

Baja la mano y aprieta los labios como aguantando la carcajada, la mirada sigue bailando sobre el papel y la sonrisa desaparece de a poco. Vuelve a abrir los ojos más grandes; se detiene con cara de sorpresa y continua mientras se le hincha el pecho intentando  contener la respiración.

― ¡Ay!…El desenlace―pienso para mí―¡llegó ahí y se supo todo!. De pronto aprieta la boca angustiada, se le suben los pómulos y se le asoma un leve puchero. Los ojos se le llenan de lágrimas. Algo pasó ―¿¿¿quién se murió???―me pregunto mientras me doy cuenta que tengo cara de pena igual que ella.

No se detiene, avanza y da vuelta la página emocionada, esta vez, se lleva la mano a la boca pero con sorpresa: los ojos bien abiertos clavados en las blancas hojas un momento hasta que la cara se le relaja y la sorpresa se convierte en alivio, vuelve  a sonreír.

La luz del techo hace brillar una independiente lagrimita que se arroja por su mejilla, la seca con la mano y sigue leyendo pero la sonrisa se mantiene, una sonrisa emocionada que parece llamar a otro grupo de lagrimitas que empiezan a caer ―¡era de amor!, obvio que era de amor―pienso ya completamente segura―. La mujer levanta la mirada  asustada y secándose los ojos para ver a todos lados buscando saber dónde está. La cara se le alivia―uff menos mal que no se pasó―.

De todas formas dobla la esquina de la página y termina de leer apurada la que parece ser la última hoja del libro. Se seca la última lagrimita asomada y lo cierra. Hago el último intento por ver el título pero nada, lo pone al revés―La mujer lo aprieta contra su pecho y mira por la ventana como una niña soñadora que lleva un tesoro precioso.

Se levanta y toca el timbre. A mi me quedan un par de cuadras para bajarme aún y estoy contenta―No todos los días uno tiene el placer de presenciar el momento exacto en que una persona se enamora de un libro―.

El bus para y la mujer se baja, suelta el libro un poco y alcanzo a ver― ¡Pero claro!―digo en voz alta golpeándome la pierna y despertando al señor de al lado que salta.

―¡Crimen y Castigo!.

Explosivos

 

Vamos a volver…

A escupir canciones otra vez

A darle la vuelta al mundo

Estamos preparados, preparate

El sonido de la calle que vue….

 

¡Puta la huea!― gritó rodando hacía el velador y dándole  un manotazo al cajón. El celular voló y cayó con la batería por un lado y la carcaza por el otro― ¡ay mi cabezaaaaa!

El celular sonó  a las 10:15 de la mañana de ese día 24 de enero del año 2015, Esteban no tenía clases  en la universidad  pero aún así debía levantarse temprano. Se levantó lento y pateó el maltrecho aparato  con furia de resaca. Se había dicho que no era una buena idea ir la noche anterior donde el Poncho,  pero fue igual, siempre iba igual.  Caminó lenta y dolorosamente para dirigirse a la cocina a tomar agua. Tenía la garganta seca e irritada de tanto pisco, cigarro y porro.

Puso el hervidor para tomarse un café y sacó la mermelada del refrigerador para hacerse un pan.

―¡Puta la hueá, viejo culiao!― . No había pan, su padre, como era habitual, se había metido a la casa en la noche a comer su comida. Golpeó la mesa y pateó el patito de goma del Perry Mason que salió corriendo a buscarla para volver corriendo feliz y pensando que le tocaba una mañana de juegos.

―En un ratito más Perry Mason, déjame resucitar―le dijo al peludo que le movía la cola mientras le quitaban el patito de goma―¿Quién es el quiltro más lindo del mundo que me comprende cuando ando con caña?…¡es el Perry Mason! ―. Le acarició la cabeza y se resignó a no quitarle el patito de goma.

Miró las plantas de marihuana y recordó que tocaba rociarles jabón potásico. Las cuidaba con la dedicación y el amor de una anciana por sus plantas. Podía olvidarse de una prueba, de una cita o de una hora al médico, pero nunca olvidaba regar y vitaminizar sus plantas los días y en las cantidades necesarias, pero por las dudas, tenía un calendario en el que escribía los días y dosis, que el bioenergizante, que el nitrógeno, al lado, ponía una estrellita con azul a los que ya estaban cumplidos.

― ¿Cuándo me van a dar cogollitos mis niñitas? Florezcan, florezcan que el paragua me tiene hueón― Le decía a sus plantas mientras comenzaba el ritual jardinero.

Perry Mason que  lo seguía con el sonoro patito de goma en la boca, dejó de emitir los sonidos para llamar la atención de su compañero de juegos, sabía que no podía competir con las plantas y decidió salir al pequeño patio a tomar sol y mordisquear su juguete.

Esteban terminó de regar y se sirvió su café.  Se sentó en la mesa y comenzó a enviar los mensajes de rigor puntual como siempre y en el orden de siempre en el celular que horas más tarde botaría en la basura de la boletería de la estación Grecia.

12:45 sacamos a pasear a los perros”

Se sirvió el café y dio unas cucharadas a la mermelada arrugando la cara.

―Estamos―se dijo a si mismo sobándose las manos. Dejó el celular y abrió el mueble viejo del comedor para sacar delicadamente su contenido y ponerlo sobre la mesita de centro.  Una por una comenzó a pegar con cinta las tiras de tela ya secas a las botellas con la mezcla de bencina y aceite en cuyo fondo reposaba el ácido sulfúrico. Las tomó cuidadosamente y comenzó a ponerlas en la maleta con ruedas.

La forma fácil de hacer una  Molotov es; con una botella, aceite de motor  y un trapo que se enciende, pero luego de diversos malos ratos con compañeros que resultaron quemados por calcular mal o no lanzar la botella a tiempo, decidieron evolucionar al cloruro de potasio con azúcar para poder lanzarla hacia el objetivo sin tener que encender la mecha.

Concentrado, recordó el incidente aquél afuera de la universidad, con tanto cuidado y silencio que por poco deja caer una al suelo cuando Perry Mason comenzó a ladrar con histeria al gato que a diario se paseaba por la pandereta moviendo la cola con aire altivo y despreocupado. Tragó saliva y guardó la botella en la maleta para ir a bañarse. No sin antes poner comida y agua en el plato de Perry Mason y cerrarle la puerta del patio para no encontrarlo durmiendo en su cama cuando volviera.

A las 11:30 Esteban estaba listo, se miró en el espejo irreconocible. Se había cortado el pelo con la afeitadora y se calzó el traje de dos piezas que le compraron a su hermano para dar sus pruebas orales en la facultad de derecho.  Pensó que si su madre estuviera viva lloraría al verlo tan parecido a Jaime. De hecho a él, su propia imagen en el espejo le oprimió el corazón y como en una película las imágenes de él y su hermano, comenzaron a aparecer una tras otra en su cabeza; jugando en el patio mientras perseguían al Chuck Norris, el gato tricolor que encontraron en una bolsa en la calle y que ahora reposaba viejo y gordo en la pieza que era de Jaime, recordó también claramente al mismo Jaime poniéndose enfrente de él para que su padre no le pegara correazos.

Admiraba a su hermano, lo idolatraba como un niño a su padre, porque para él era eso, más padre que el propio. Por eso se conservaba fresca en su memoria la imagen terrible de ese día. Nunca supo a qué hora Jaime se colgó ni cuánto tiempo estuvo su mamá en el suelo, recuerda si, a la perfección la aureola en el  pantalón de buzo de Jaime y el olor a orina y fecas que tenía. Días atrás Jaime reprobó por tercera vez el examen de grado, el mismo día en que llegó el aviso de embargo  por la deuda universitaria.

Volvió en sí y se limpió las lágrimas con la manga del traje. Lustró los zapatos y se fue al patio a despedirse de Perry Mason. Le dio un besito en la nariz húmeda y salió con la maleta caminando a tomar el colectivo.

Afuera dos vecinas conversaban mientras regaban el antepatio.

―Buenas tardes doña Rosa…señora Inés―las saludó cortes haciendo un gesto con la cabeza a las dos vecinas.

―Ándate que elegancia―le dijo a señora Rosa con verdadera admiración.

―Ahí si que si po mijito, que le vaya bien―. Dijo la otra

Esteban sonrío mirándolas hacía atrás coqueto y les hizo un gesto de adiós con la mano. Las señoras lo miraron contentas y orgullosas murmurando entre ellas.

―Que bueno que este cabro se puso a trabajar, pobrecito, tan re mal que lo ha pasado― dijo la señora rosa agarrando con firmeza la escoba.

―Si―dijo la otra―Menos mal que está tirando para arriba.

¡QUE VIVAN LOS NOVIOS!

 

 A los que se llevan hasta las copas. 

 

La señora Alba corre de un lado a otro con los nervios de punta. Correa a la cocina a supervisar los canapés y luego al patio a mirar el cielo para rezar dos Ave María pidiendo a la Virgen que no llueva.

―Virgencita por favor, más que me costó casar a la Josy, por favor no me agüe la fiesta― ruega arrodillada la señora Alba sobre el paño en el suelo que le protege las pantis. Se persigna rápido, tira un beso al cielo y vuelve a correr a la cocina a mirar la comida.

Un horno industrial gigante conseguido en la panadería copa el lugar, entre medio y tratando de no quemarse, pasan a penas sus hermanas y las vecinas que están ayudando con la cena para el  matrimonio.

―Dóña Alba ¿usted cree que va a alcanzar el copete?,  su cuñado y su marido ya se bajaron dos botellas de vino―le señala Marta con preocupación apuntándole las cajas apiladas.

―Anda a buscarte otra caja donde don Roberto y dile que yo te mandé, que me lo anote no más.― Doña Alba llevaba ahorrando para esta ocasión hace rato. Costura a costura fue juntando las chauchas para el día que se casara la Marité, la mayor de las hijas que la premió con tres criaturas y ni un solo matrimonio. La Josy era su salvación, había terminado su carrera universitaria recién y  se iba a casar, era lo que siempre había esperado para sus hijas y la Josy lo estaba cumpliendo. Su sueño era verla titulada y vestida de blanco entrando a la iglesia ya no importaba si virgen o no. Se había resignado  con la Marité y ya sólo les pedía discreción y cuidado.  La Josy iba a entrar a la iglesia de blanco igual y casi ni se le notaba la guatita bajo el corset.

―¡La Josy! Se acordó doña Alba, mirando la hora y saliendo disparada a la peluquería de la Inesita a ver a la niña, a la protagonista que se preparaba para  el día más feliz de su vida.

Ahí en la peluquería, frente al espejo y con los rulos a medio ondular, lloraba la Josy sentada en la silla del salón de belleza mirándose al espejo y untándose en los ojos una bolsa de té de manzanilla fría para bajar la deshinchazón.

―No la he podido maquillar señora Alba, no para de llorar― le comentó con cara de amurrada la Lolita, maquilladora profesional del barrio, hoy frustrada al no poder hacer su trabajo.―le pongo rímel y al segundo parece mapache.

Josy  mira la cara de desaprobación de su madre y se seca las  lágrimas rápido tratando de disimular.

―Ay es que está nerviosa pue,  ¡háganle un agüita de Melissa para que se relaje!―Pide Inesita a la cocina mientras le pasa laca a los porfiados rulos recién hechos que amenazas con desarmarse.

―Un pitito la relajaría―dice Marité ojeando una revista del salón sin levantar la vista. La señora Alba la mira de reojo con furia y vuelve los ojos bien abiertos a la hija más chica en señal de advertencia.

― ¡No quiero show Josy!  Ya te dije ya. Corta el leseo y deja que te arreglen. Son las seis de la tarde y te falta el vestido todavía. ―le advierte la señora Alba con fuerza y apuntándole con el dedo.

―¡Pero mami po!―Llora Josy desconsolada limpiándose la nariz roja con la mano―¡Si yo no me quiero casar!

―Córtala Josy, ya hablamos ya, son los nervios que te hacen hablar tonteras ¡no me dejes en vergüenza por favor te lo pido!.

―Y por qué no se casa usted mami, que le gustan tanto los matrimonios―le dice Marité cruzándose de brazos y mirándola desafiante.

― ¡Que sean tres agüitas de melissa!―grita Inesita para dentro tratando de calmar los ánimos.

― ¡no me vengas a hinchar Marité ¡quédate callaíta mejor!, ¡no le vas a arruinar a tu hermana el día más feliz de su vida!―le advierte doña Alba a su hija mayor, mientras abraza a Josy que se toma el té entre suspiros e hipo.

―Puta que está feliz―dice marité volviendo a ojear su revista.

―Voy a venir a buscarte en 45 minutos Josy―le advierte la señora Alba a Josy mientras le embetuna los ojos con el té que le chorrea por la cara.― y corta la tontera que vas a salir horrible en las fotos… ¡el fotógrafo!―grita doña Alba saliendo disparada de la peluquería hasta su casa.

Frente a la casa, las largas mesas vestidas de blanco adornan el pasaje ante los ojos curiosos mientras primos y familiares a cargo de la decoración,  corretean  a los niños que juegan a la pelota haciendo peligrar la ornamentación. Doña Alba se consiguió con la junta de vecinos que le cerraran la calle para el gran evento, la sede vecinal le prestó los mesones y las sillas a cambio de invitarlos al matrimonio, y ella misma hizo las fundas y los manteles que se lucían afuera con grandes moños de color rosa pálido.

Dentro de la casa llena de gente, corren de un lado a otro las voluntarias; amigas y familiares de doña Alba que se organizan con los preparativos atropellándose en las órdenes. Todos  van de allá para acá nerviosos y acelerados, menos don Pepe, el marido de doña Alba y flamante padre de la novia, que entre conversa y conversa le sirve otra copita más al fotógrafo que ya lo mira medio desenfocado estirando el vaso agradecido.

―Ya Pepe ¡se acabó la lesera!― le dice doña Alba mientras les quita la botella y las copas de la mesa.

― ¡Pero Alba! Si esto es una celebración―le dice don Pepe arrastrando la lengua y tratando de agarrar la botella.

― ¡La celebración todavía no empieza! No te quiero curao en la iglesia Pepe ―le grita doña Alba pegándole un tatequieto en la cabeza― ¡partiste a tomarte un café! y tu también―le ordena al fotógrafo que se para asustado a la cocina donde las vecinas pelan papas y preparan las ensaladas.

―Estamos listas aquí, en lo que vuelvan de la iglesia tenemos lista la carne, vaya a arreglarse Albita―le avisa Marta para la tranquilidad de doña Alba.

Doña Alba sube a su dormitorio y revisa el vestido de Josy una vez más. Lo terminó hace dos días, lo tenía listo de antes pero le tuvo que hacer unas modificaciones al corset porque a Josy le había crecido un poco la pancita. La idea era que no se le notara pero tampoco asfixiar a la guagua, así que le agregó una hilera más de broches que al final la llevó a desarmarlo y armarlo todo otra vez.

Se sacó el pañuelo de la cabeza y se soltó los rulos hechos en la mañana por la Inesita, se calzó el vestido que se hizo para la ocasión y mandó a llamar a Josy que al cabo de media hora llegó a la casa suspirando, conteniendo las lágrimas para que no se le corriera el rímel y afirmando unas flores blancas que coronaban sus rulos negros que caían perfectos sobre sus hombros.

Con esfuerzo le calzaron el vestido que en dos días ya le quedaba apretado otra vez. ―Te dije que comieras menos pan Josy, respira y hunde la guata―le pedía Doña Alba mientras  intentaba juntar los broches del corset.

― ¡Pero si no puedo más mami, es la guagua!―se justificaba Josy tratando de no llorar.

―Oiga mami, la guagüita…―le pedía Marité.

― ¡Cállate tú y empuja de los lados!― le ordenaba doña Alba juntando los broches con fuerza uno a uno.―¡ya está! Si es un ratito no más Josy no seas alharaca.

Doña Alba miró a Josy maravillada y se persignó dando las gracias.―Te ves preciosa hija― le dijo con deleite a una triste Josy que se largaba a llorar de nuevo.

― ¿Qué pasa ahora Joselyn por la cresta?, se te corre el rimel―se le acercó doña Alba desesperada limpiándole con cuidado el borde los ojos.

―Mami, es que yo no me quiero casar―se lanzó otra vez.

―Debiste haberlo pensado antes de embarazarte po´ Josy, ahora asume las consecuencias.

― ¿Y cómo la Marité?, ¿Por qué yo sí y ella no? ¡A ella nadie la obligó a casarse!―gritó Josy.

―Por qué yo soy maraca, dígale mami si eso es lo que usted piensa.―la miró Marité desafiante.

― ¡Marité!, ¡Cuida tu lenguaje o te doy un coscacho aquí mismo!…Josita―le habló doña Alba suave y mirándola de frente― te prometo que no es tan terrible, ya vas a ver qué vas a ser feliz.

―¡Pero Mami si no quiero! Yo quería viajar, quiero salir, quiero seguir estudiando.

―Mire Mijita, si la cosa no resulta, si el Leo se pone tonto, se separa, se divorcia y se acabó. Ahora se me limpia la cara y se me casa, no voy a aguantar ni un minuto más de pataleta. Yo hoy día caso a mi hija y se acabó la hueá.

Josy se tranquilizó. Se secó las lágrimas y se maquilló por cuarta vez, dispuesta a ir a la iglesia. Se propuso pasarlo bien, cómo dijo doña Alba, en el peor de los casos se divorciaba y listo. Doña Alba arregló los últimos preparativos, dio las órdenes para su ausencia y salió triunfante a la calle del brazo de Josy donde la esperaba el auto con el rosón blanco. Entre aplausos de los vecinos metió el esponjoso vestido al auto inundado de tul blanco y se despidió de Josy que partía hacía la iglesia sonriendo y despidiéndose con la mano de los vecinos que no paraban de aplaudir el evento del año.

La ceremonia duró dos horas, mucho más de lo esperado. El cura de la iglesia dio un sermón infinito que tenía hasta a la devota doña Alba con los nervios de punta pensando en la comida. Habló de la juventud, del amor, de los valores de la familia que se han perdido, del sagrado vínculo entre un hombre y una mujer que no debe ser manchado por enfermedades modernas, habló de la delincuencia y hasta de la importancia de donar el 1% a la iglesia.  Los asistentes ya no escuchaban nada más que sus tripas, las mujeres en la iglesia se sacaban los zapatos adoloridas de tanto siéntense, párense, siéntense, párense del curita que no paraba de hablar y se miraban entre ellos pidiendo piedad para terminar pronto e irse a la fiesta que los esperaba en la casa. Otros más rebeldes, salían a fumar o a comprarse algo al kiosko de la esquina. Los pocos niños asistentes comenzaron a aburrirse y a interrumpir el sermón con: “me quiero ir”, “¿cuánto falta?”.

 Cuando el cura por fin terminó Josy no podía caminar con los zapatos altos incrustados en sus pies hinchados y la salida fue rapidita, entre jolgorio y arroz volando desocuparon la iglesia y salieron raudos a la villa donde los esperaba el banquete con la comida que estaba lista hace una hora.

Tuvieron que recalentar la carne, mientras el coctel se hacía humo entre los comensales que sacaban de a varios intentando calmar el hambre con  pancitos y aperitivos caseros. La pobre doña Alba no alcanzó a probar ni un solo canapé y se tuvo que llenar la panza con pisco sour que antes de la cena ya la tenía más contenta que a don Pepe, abrazando a todo el mundo y comentando lo feliz que estaba como si la novia fuera ella.

Al salir la comida todo el mundo estaba borracho y salvo uno que otro sobrio, pocos se dieron cuenta de que la carne estaba seca y media quemada.  Ya nadie se acordaba de los novios que comían tímidos sin saber mucho de qué hablar en una mesa grande al medio del pasaje hasta que alguien se acordó del vals.

―¡El Vals!― gritó doña Alba llamando a los primos y dando la orden de sacar los parlantes y el equipo de música a la calle.

Ahí al medio de la calle, bailaban los novios riéndose entre ellos avergonzados de los aplausos y las flores que les tiraban los vecinos que se pusieron a bailar entre ellos.

Josy pensó en ese momento que quizás el matrimonio no era tan malo y se repitió que en el peor de los casos se divorciaba. Lo abrazó fuerte antes los aplausos que sonaron más fuerte celebrando la romántica escena y que tenían a Doña Alba emocionada hasta las lágrimas mirando a su hija, la protagonista de la noche deslumbrando como una estrella.

Del vals pasaron a la cumbia y las mesas volaron. El pasaje entero disfrutaba del matrimonio agradeciéndole a doña Alba la invitación, celebrándole la comida, el coctel y la maravillosa fiesta que prometía durar la noche entera hasta que unos goterones comenzaron a caer sobre la gente que se amotinó rápido en la casa protegiéndose las elegantes tenidas y los peinados altos hechos  por la Inesita.

Don Guille, el presidente de la junta de vecinos, en una decisión de la que al otro día se arrepentiría, ofreció la sede del barrio para seguir la fiesta allá y comenzaron todos a acarrear parlantes, vasos, sillas y lo que quedaba para seguir el jolgorio. Algunos aprovecharon, ante la indignación de doña Alba, de llevarse sobras y botellas llenas para sus casas, otros se fueron pelando la comida y la mala organización que no había prevenido la lluvia.

La novia decidió que era hora de retirarse a la casa de los padres del novio, estaba cansada y al parecer tendría que conducir ella. El chofer figuraba abrazado al fotógrafo, filosofando copa en mano y no estaba en condiciones de manejar, el novio menos, un que subieron como un bulto al auto. Don Pepe se fue a bailar a la sede que se debatía entre la cumbia y el karaoke. Marité se fue a ver a sus niños que ya dormían cansados y pegajosos con manchas de helado en sus elegantes trajecitos hechos por  Doña Alba que aún no se cansaba de  mirar orgullosa y sonriendo al auto que se alejaba, escoba en mano lista para empezar a  limpiar la casa y desalojar a los borrachos.